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07 February, 2011

Memorias de Vapor

"El pasado es lo que recuerdas, lo que imaginas recordar, lo que te convences en recordar, o lo que pretendes recordar." Harold Pinter

Las memorias suelen ser destellos de polvo
cuando observo a este jardín pausado,
donde las grietas emparedadas lagrimean
en el hipar de las puertas que son abiertas.

Mi sombra empalidece en este oscuro silencio
cuando los espejos sonríen y dejan ver sus arrugas,
es un antiguo pasado, una gaita en el tiempo,
un piano marchito por la polilla del recuerdo.

Vivo en la retentiva de fantasmas olvidados,
entre telarañas que sollozan su paso por la historia
ahora escrita en los enmohecidos ventanales
donde también mi nombre se rotula con vapor.

Clavel Rojo
Alejandra P. Rodríguez Espinosa. Todos los derechos reservados

24 June, 2010

El hada de los cielos






Esta noche el cielo solloza sobre la tierra, se lamenta desfogando su ira sobre el planeta, solo algunos como yo, detenemos a intuir la razón de su congoja.

Cuando estaba pequeña solía pedirle a mi padre que mudáramos de ciudad, que buscáramos alguna donde el cielo siempre fuese feliz, donde el sol no callara en lamentos. Yo se lo imploraba en mis insomnios a causa de los rayos que hacían temblar el vidrio de mis ventanas e intensificaban el sepulcral eco en la casa, que a su vez se sumergía en las tinieblas de la noche.

Mis amigas de la escuela afirmaban que en mi hogar solían vivir fantasmas y que por ello, no gustaban visitarme. No en ese edificio viejo sobre la colina perdida, entre los pantanos olvidados por la civilización. Esas noches, como esta, les otorgaba la razón.

Mi padre se sonreía con ternura e infinita paciencia ante mis temores. Si hubiese fantasmas en la casa, decía, deberías aprender a convivir con ellos. Aseguraba que más allá de cuidarme de posibles visiones, debería hacerlo de aquello que ingenuamente creía y podía hacerme daño.

Cómo combatir el miedo de un infante, cuando es producido por su imaginación. Cuando se puede recrear las ilusiones más fantásticas nunca antes concebidas por nadie.

Fue entonces que mi padre decidió combatirlo con una ilusión, una esperanza como la que se le cuenta a los niños sobre Papa Noel o el Conejo de Pascua.

Él, decidió hablarme sobre una hada que cantaba al cielo por las noches para apaciguar su dolor, ella recitaba los más bellos versos en la metáfora de su melódica voz, como la última rosa de verano al velar la noche cual bálsamo al cuerpo estrellado del espacio.

Solo podría auscultarla, si permitía que la magia me embargara aniquilando cualquier temor en mi pecho. Debía aprender a escuchar por encima del trueno, educar a mi oído para distinguir lo armónico como la luz sobre la penumbra del ruido.

Así pasaron varias noches de aquel sollozo que lograba erizar mi corazón, donde mis intentos parecían vanos al tratar de concentrarme para escuchar a aquella hada del cielo.
Fue un día que desesperada, salí de mi habitación a buscar a mi padre, fue curioso porque estaba temblando, pero la necesidad de su compañía fue mayor al miedo que podría sentir al vagar sola por la casa en medio de la tormenta y en la densa oscuridad. Fui valiente a consecuencia de mi temor.

Fue entonces que al caminar entre pasillos pude percatar una acotación vaga de una hermosa voz, comencé a buscarla en la oscuridad hasta hacerla más clara a mis sentidos. Me resultó de una cálida familiaridad, ya no llovía, ya no existía el ruido.
Esa noche, recuerdo, quedé dormida junto a la puerta, bajo llave, de la que provenía aquella melodía, sin embargo al despertar por la mañana me encontré en mi cama sin lluvia, sombras o miedo.

Hoy, sonrío ante noches como ésta, en mi silencio en medio de los truenos escucho aquella voz, es mi madre que interpreta los arpegios de mi fe. Donde todos tenemos derecho a llorar, porque es el llanto la forma de comunicar lo que nuestro corazón siente, sufrir para aprender a sonreír y saberse alegre para distinguir cuando se llora por felicidad.


Clavel Rojo
Alejandra P. Rodríguez Espinosa. Todos los derechos reservados.

12 June, 2010

El niño de agua en forma de nube

‘Dime ¿ tú le temes a la muerte o sufres por no poder seguir viva?’
En la esquina de una nube
aquellos verdes ojos preguntaron
como la gaviota que se asoma
por encima de la espuma de las olas.

Él, ausente entre la gente
era como si creyera ser un fantasma,
con el iris escarchado en un fango,
en la soledad del epítome de sus pensamientos.

Mis labios se paralizaron ante aquel niño que acentuaba el silencio con su pregunta en aquella estancia. Sabía que buscaba una respuesta que fuera suficiente para comprender, y ser a su edad más valiente que cualquiera que diga llamarse adulto…

Nuestros ojos fueron hilvanados
con la efeméride de un sentimiento,
sin la cordura de los calendarios
o la precipitación de la lluvia
sobre los rostros deslavados.

No hay color que invente al cielo
bajo la empatía traslúcida de una alegría,
donde un niño es anciano,
con la valentía que deforma su inocencia.

‘¿Logras divisar aquel árbol en el jardín en medio del follaje verde?- le pregunté con un hilo de voz prensado en una madeja de incertidumbre.
Después de un denso silencio, ante su respuesta muda , le expresé que la muerte no existe, es solo una transformación bajo una concepción de vida distinta. En esa metamorfosis pasaríamos a ser aquel árbol que ofrece sombra en días soleados, seda verde que cubra los campos, agua que satisfaga la sed y alimento que colme al hambriento…

Sus manos me miraron
con una neblina sobre las retinas,
en una nueva esperanza que observa
desde muy alto sobre la nirvana de un sueño.

Ya no hay soledad en el sufrimiento,
solo un amanecer que proclama vida
como el llanto del recién nacido
y el beso eterno de dos enamorados.

Él se acercó a mi en una silla con ruedas debajo, tomó mi mano y con aquella solemnidad que irradia la madurez de un niño que es anciano, se presentó:
-‘Hola, soy Ray y pronto seré agua que forme nubes en el cielo’
-‘Hola, soy Alejandra- le respondí con una gran sonrisa que desbordaba de mis labios- y pronto seré un clavel rojo que dance con el viento.’

Jamás olvidaré esa sonrisa, que ya era nube, cuando partió junto a sus padres. Algo había cambiado, la muerte perdía su valor y la vida en realidad era una constante transformación. Al volver a casa comprendí que en realidad, bajo la hipótesis planteada aquella mañana a ese niño, todos estábamos rodeados de vida ya pasada.
Mis ojos tornaron a mis instrumentos, ahí el piano, el violín y el cello, todos de madera fueron árboles y ahora eran vida sobre los arpegios de mis dedos. ¿Cuántos Ray habrá en ellos?, ¿cuánto amor acumulado se encuentra entre las cuerdas?…
Clavel Rojo
Alejandra P. Rodríguez Espinosa. Todos los derechos reservados.

10 December, 2009

Cerca de vos


"La música clásica es uno de las mejores cosas que le han ocurrido a la humanidad. Si le inculcan a uno el gusto por ella de manera adecuada, se convierte en una amiga para toda la vida."
Yo-Yo Ma, maestro y vigía musical

A mi madre en gratitud por mi nacimiento


Añadas sugieren y en mi casa recitan,

es el clavel rojo que hoy ha principiado,
humilde la flor que mi madre entre sus manos engomó,
invariablemente entre los lienzos de vuestro amor.

Es el clavel rojo que vos adoptó con devoción en vuestro corazón,
en paliativo a los años de vuestra pasión,
con beldad, de vos el distintivo,
como Geisha madre de un clavel exiguo.


De las melodías, sos la más refulgente,
al ser vuestra dicción la incipiente consonancia auscultada,
misma que acompaña en mi composición a la vida,
a mis pasos la enseñanza de mi agraciada dama.

Si, a mis manos observo,
siempre una veta de estrella aspiro notar
una pequeña, tan solo,
que revele que soy de vuestro lucero.


Encumbrarme a besaros la mano,
para corresponderos por la savia haberme dado,
si bien, de ella solo descubra un suspiro,
en plétora ataujía que germina caricia.


Es mi palpitar de providencias
que dilatan en calor a la tierra,
con esplendor a candela de noche,
vigilante y constelada, emblema de mis academias.

Clavel Rojo
© Alejandra P. Rodríguez Espinosa. Todos los derechos reservados

06 December, 2009

Yerushalayim


Domingo 16, enero, 2000.

A un clavel

Es ahora en mis vacaciones que acompaño a mi padre a uno de sus congresos, aquellos donde suele hablar de la transformación de la materia alterando su estado molecular. Podría deciros que mis pruebas en los tópicos en Química eran sencillas después de escucharlo recitar en voz baja una y otra vez sus conferencias. Le diría “Padre, ¿es necesario recitaros?” pero, parece le ayuda a dar énfasis a su vocablo y adquirir seguridad. Lo admiro, cuando lo veo entre el público apenas y concreto que sea mi padre, el mismo que gusta del café caliente con pan tostado por las mañanas, parece distante, inalcanzable.


El sábado era día libre de trabajo y cualquier motivo académico, era el momento, salimos a conocer más allá de los libros.

Siempre en amalgama uno del otro al igual que un aluminio, en esa característica del metal maleable. Acompañarlo significa conocer, aprender y guardar en mi memoria imágenes de aquello que solo en los compendios se menciona.

La tierra es árida con sol determinante, por ello que a mi paso podía escuchar el sonido de la heredad, como un crujir que amenazaba con traspasar a mis zapatos. Era el calor asfixiante  que parecía la tierra movía. El aire evaporaba, vislumbrando a la distancia el polvo hasta mis venas del desierto.

La población cubierta como si fantasmas fuesen, encubiertos pasando en el ondeante de sus ropas. Cuando mi padre y yo apenas en mezclilla y playera blanca con manga larga evitando así el sol dañara.

Era mi rostro de un tono rosado, como si me hubiesen dibujado con acuarelas, Óscar ya me estaría fotografiando como acostumbra. Feliz, agradecí al sol ya que a  mi hermano fastidia tanto como él a mi en ocasiones con su cámara. Así que, éramos solo mi padre y yo por una pendiente ya con el aire faltando a vuestros pulmones. Era a cada paso que recordaba lo leído sobre aquel sitio; batallas, enigmas, sangre, religión, razones de odio, muerte, destrucción. Intentaba recordar alguna buena palabra que justificara toda su historia.

Mi padre y yo frente a él, pequeñitos ante el significado retratado en tantas obras literarias. Siendo el vestigio que a los judíos mantiene en pie a su tierra prometida, el templo de Salomón derrumbado y reconstruido al paso de la tradición, hasta la llegada de Tito quien solo aquel muro dejó como vestigio de historia. Mismo que resguarda a la Mezquita. Considerar a ambas culturas cercadas por el muro, ambas en su lugar más santo y emblemático. ¿Será posible que fuese el mismo?, ¿será posible que toda religión hable del mismo acontecer pero disperso al paso de la historia?...

-"Alejandra"- mi padre tomando de mi mano me sacó de mis pensamientos- "aun debemos ir a Damasco, el atardecer os alcanza."

Fue entonces a la Puerta de Damasco que nos dirigimos, antigua y llena de secretos, contención de la  vetusta Jerusalén, es ahí en la Tumba del Jardín que presupone fue su crucifixión. Mirando hacia el norte es el Santo Sepulcro y con ello la historia de generaciones. A mi mente las fechas brincaban cual si fuesen gotas de lluvia en una tierra desértica. En una pequeña colina donde se figura la imagen de una calavera, fue ahí que despedimos al sol observando a la ciudad al término del día. El mercado de Damasco se terminaba.

-"¿Qué observas?"- Inquirió mi padre con mirada perdida hacia la ciudad.

Pensé en la respuesta, ¿qué veía?, tantas palabras me embargaron que solo atiné a decir aquella que me parecía abarcaba a todas ellas. –Historia- respondí. Sin embargo mi padre al mantener silencio me instó a justificarme.

-"Historia de vida, de religión, de guerra, odio justificado entre culturas, ausencia, dolor… de todo ello se simplifica en enigma de la propia idea del hombre sobre si mismo."

Mi padre me miró.

-“Has mencionado consecuencias. Yo no veo consecuencias, veo causas. La fe trasciende en el corazón y se materializa en la tierra, es Jerusalén que en pie se mantiene por la fe. El hombre subsiste en un deseo, en esa razón por la que nos aferramos. El hombre necesita creer y busca materializarlo a su realidad.”

Escrito extraído y traducido de mi diario

02, año 2000.
Clavel Rojo


© Alejandra P. Rodríguez Espinosa. Todos los derechos reservados



Ese día comprendí que el amor, la esperanza, la fe se percibe no solo en piedra… sino que fortalece en el amor a la familia, a la pareja, a los hijos, a los amigos. Es el amor, la fe; que nos mantiene en esa esfera, una propia quizá.

Es tal vez mi fe un clavel rojo, uno que materializa el amor perpetuo hacia mi padre. Sonrío, mantengo mi propio “Hakótel Hama'araví”.


Yerushalayim en Hebreo; Jerusalén, capital de Israel.
Hakótel Hama'araví en Hebreo; Muro de los lamentos.








29 November, 2009

Cello Concerto, 1st mvmt



A mi Cello

Mi peana excava en la reminiscencia de un fragmento,

donde los acordes labran aquella melodía
en compañía a vuestros instantes de agonía,
ocultando, mías, las lágrimas que resuenan en bemoles.


El Cello de negro vestía con la amargura latente,
de un exilio inevitable a mis afines.
Y es que, amigo mío, tocaros en el instante
es el reflejo de vuestra voz, mi mayor recuerdo.

Hogar lóbrego, donde inerte sobre la cama descansas
cual última nota que mi corazón alimenta
con el diapasón en lamento a vuestro entorno,
cuando el eco a mis oídos retumba.


Solo al amanecer en soledad oso tocaros,
siempre en esa esquina donde os arrincono,
en la espera de teneros de nuevo entre mis brazos,
y para vuestro Cello primer movimiento interpretaros
en la analogía de aquel triste lamento  de vuestra vida inspirada.


Clavel Rojo
© Alejandra P. Rodríguez Espinosa. Todos los derechos reservados

24 November, 2009

Detrás de mi ventana



El sol me recibe a sabiendas de que en mi procedencia, por poco, no se le conoce,

pareciera un susurro a mi mejilla,
donde es detrás a mi ventana que el desfile comienza,
con los aromas al viento sobre mis cielos.


-Quiero ser viento- me digo.
En esa letanía de concurrente presa de sus pensamientos,
ya sin importar si quiera el abstruso cabello,
para Debussy dar forma a mis sentidos.


Quiero volar para sentir la brisa con la lisonja a mi sol,
sentir la libertad de un volátil en holgura que escapa
y se oculta en ese rocío de un deseo a primavera anticipada

Abstraída imaginando, mis pensamientos me abandonan,
hasta la metamorfosis detrás de la ventana
donde mi nombre se pierde en recuerdo,
ese que renuncio en el acorde de mis pasos.


Es el tiempo mi acompañante,
mismo que ausente me mantiene,
donde la fotografía me atrapa en el instante
donde mi vida figura detrás de la ventana.

Clavel Rojo


© Alejandra P. Rodríguez Espinosa. Todos los derechos reservados

19 November, 2009

Aquel soldado




Os contaré la historia de aquel soldado, es uno entre tantos, solo que de hambre a su familia encontraba, en cosechas de pólvora inerte que simbolizaba amor a una patria intrusa, una que lo enlistó con futuros de vida. Saberos en otro idioma, erudición y simbolismo. Aprendiste del caído envuelto en aquellos vientos amarillos donde la lágrima a cada muerte derramabas. Algunos amigos, otros enemigos, todos ellos soldados, viejos conocidos de antaño.




Dime soldado, qué os recuerdas; cuando el pensamiento os embargaba imaginando si aquel hombre (vuestro enemigo) tuviese linaje, si es que lo recuerdan en esa tumba que vuestros pies inicuos jamás habrán de pisar.



Recordad que es en idilio a vuestros labios todas aquellas frases ahora sin sentido, cuando de la vaga mirada está en remembranza de aquellos tiempos arcaicos. El sollozo os hace presa en retentiva, abrumado de esa visión que a pocos conmovía. Cuando la guerra azotaba vuestras puertas hoy ancladas, en esa hambre de odio justificado de la sangre. Son lágrimas de mi abuelo que resbalan en esa agonía del recuerdo hoy sepultado.

Clavel Rojo

© Alejandra P. Rodríguez Espinosa. Todos los derechos reservados

12 November, 2009

"Levántate pequeña Yoko"




Sentada sobre aquel viejo me encontraba. La lectura me apasiona y en ese momento era yo la princesa que aguardaba por ese solsticio de vida, uno que parecía prometer en el alba de aquella mañana.



Mirar a lo lejos hace transitar mi ánimo en esencia sublime que sin duda son observados por las hojas de aquel otoño triste.


Nadie sabía, nadie advirtió cuando comencé a llorar, cuando el meollo presiente en ese respirar de los aires fieros de Edimburgo. Donde los vientos claman historias de guerra y dolor, en cantos celtas que elevan al corazón en ese deseo de inmortalidad.


"Levántate pequeña Yoko" decían interrumpiendo mi lectura en llanto. El esfuerzo a las palabras del medio me hostigaban, ¿qué sabían ellas, que de mi se lamentaban?...


Es momento de observar a ese recuerdo de otoño, a ese clavel sobre la tierra ahora húmeda... Donde la música del exilio resonaba en mis pudores... Es vuestro padre que ha fallecido.





Clavel Rojo
© Alejandra P. Rodríguez Espinosa. Todos los derechos reservados