El niño de agua en forma de nube
‘Dime ¿ tú le temes a la muerte o sufres por no poder seguir viva?’
En la esquina de una nube
aquellos verdes ojos preguntaron
como la gaviota que se asoma
por encima de la espuma de las olas.
Él, ausente entre la gente
era como si creyera ser un fantasma,
con el iris escarchado en un fango,
en la soledad del epítome de sus pensamientos.
aquellos verdes ojos preguntaron
como la gaviota que se asoma
por encima de la espuma de las olas.
Él, ausente entre la gente
era como si creyera ser un fantasma,
con el iris escarchado en un fango,
en la soledad del epítome de sus pensamientos.
Mis labios se paralizaron ante aquel niño que acentuaba el silencio con su pregunta en aquella estancia. Sabía que buscaba una respuesta que fuera suficiente para comprender, y ser a su edad más valiente que cualquiera que diga llamarse adulto…
Nuestros ojos fueron hilvanados
con la efeméride de un sentimiento,
sin la cordura de los calendarios
o la precipitación de la lluvia
sobre los rostros deslavados.
No hay color que invente al cielo
bajo la empatía traslúcida de una alegría,
donde un niño es anciano,
con la valentía que deforma su inocencia.
‘¿Logras divisar aquel árbol en el jardín en medio del follaje verde?- le pregunté con un hilo de voz prensado en una madeja de incertidumbre.
Después de un denso silencio, ante su respuesta muda , le expresé que la muerte no existe, es solo una transformación bajo una concepción de vida distinta. En esa metamorfosis pasaríamos a ser aquel árbol que ofrece sombra en días soleados, seda verde que cubra los campos, agua que satisfaga la sed y alimento que colme al hambriento…
Sus manos me miraron
con una neblina sobre las retinas,
en una nueva esperanza que observa
desde muy alto sobre la nirvana de un sueño.
Ya no hay soledad en el sufrimiento,
solo un amanecer que proclama vida
como el llanto del recién nacido
y el beso eterno de dos enamorados.
Él se acercó a mi en una silla con ruedas debajo, tomó mi mano y con aquella solemnidad que irradia la madurez de un niño que es anciano, se presentó:
-‘Hola, soy Ray y pronto seré agua que forme nubes en el cielo’
-‘Hola, soy Alejandra- le respondí con una gran sonrisa que desbordaba de mis labios- y pronto seré un clavel rojo que dance con el viento.’
Jamás olvidaré esa sonrisa, que ya era nube, cuando partió junto a sus padres. Algo había cambiado, la muerte perdía su valor y la vida en realidad era una constante transformación. Al volver a casa comprendí que en realidad, bajo la hipótesis planteada aquella mañana a ese niño, todos estábamos rodeados de vida ya pasada.
Mis ojos tornaron a mis instrumentos, ahí el piano, el violín y el cello, todos de madera fueron árboles y ahora eran vida sobre los arpegios de mis dedos. ¿Cuántos Ray habrá en ellos?, ¿cuánto amor acumulado se encuentra entre las cuerdas?…
-‘Hola, soy Ray y pronto seré agua que forme nubes en el cielo’
-‘Hola, soy Alejandra- le respondí con una gran sonrisa que desbordaba de mis labios- y pronto seré un clavel rojo que dance con el viento.’
Jamás olvidaré esa sonrisa, que ya era nube, cuando partió junto a sus padres. Algo había cambiado, la muerte perdía su valor y la vida en realidad era una constante transformación. Al volver a casa comprendí que en realidad, bajo la hipótesis planteada aquella mañana a ese niño, todos estábamos rodeados de vida ya pasada.
Mis ojos tornaron a mis instrumentos, ahí el piano, el violín y el cello, todos de madera fueron árboles y ahora eran vida sobre los arpegios de mis dedos. ¿Cuántos Ray habrá en ellos?, ¿cuánto amor acumulado se encuentra entre las cuerdas?…
Clavel Rojo
Alejandra P. Rodríguez Espinosa. Todos los derechos reservados.
Esta singular obra bien podría ser tu ópera magna. Tiene poesía, prosa, música e incluso diálogo. Quizá en su conjunto esté más próxima al género del cuento, donde reflexionas sobre la vida y la muerte. Es un pensamiento de hondo calado. Has compuesto algunos pasajes preciosos, como esta estrofa:
ReplyDelete"Ya no hay soledad en el sufrimiento,
solo un amanecer que proclama vida
como el llanto del recién nacido
y el beso eterno de dos enamorados."
También me ha emocionado el diálogo que mantienen Ray y Alejandra (tú misma convertida en personaje de tu ficción autobiográfica).
Me gusta pensar en la muerte como en una crisálida, un estado de transformación hacia otra forma de energía.
Se nota que te gusta Secret Garden. Su 'Adagio' es mi pieza preferida. Elogio tu buen gusto.
Esta obra exige varias lecturas. Volveré a detenerme en ella.
Un fuerte abrazo, Alejandra, y enhorabuena por estas poéticas memorias.
Precioso Yoko, y con la música elegida de fondo, ni te digo, me has dejado con un nudito en la garganta...
ReplyDeletemi abrazo
Me ha costado el poder llegar a comentarte este trozo de vida que compartes, después de ver más de lo que hubiese querido ver en cuanto al ocaso de la vida de los más jovenes....He llegado a la conclusión de que no sé el por qué pero cuando algunas personas grandes y no me refiero a estatura son conscientes de su final, miran con una calma, claridad y mesura a la muerte que a ojos de los demás son enormes ejemplos de madurez en cuanto a pensamiento y modos de entender la existencia misma....En fin Alejandra muy bello y esperanzador este relato en el que abogas por dejarnos el pensamiento de que tras el último aliento continua la vida...ojala sea así y ese niño y todos las bellas almas que marcharon hoy sean viento, agua o flor, que por favor sean algo y no solo memoria.
ReplyDeleteUn abrazo amiga mía.