A mi cello, fiel portador de mis secretos en madrugada
Déjame recostar sobre la balsa de tu cuerpo,
prometo mantener dispersos los acordes de mis labios
adormecidos en el asfixiante latido de tu luna menguante,
protegida entre tus brazos de plata y escarlata que embalsaman la pupila de mi piel.
Mira, que tan solo soy la sombra que se adhiere a la punta de tus alas
como la cera que cae sobre la madera de tu boca
en el infame deseo dibujado sobre el vaho de tu aliento
que con furia se adentra en la cavidad de mi entre pierna.
¿Acaso no es suficiente el deslice de un pensamiento para erizar el vello de la noche taciturna?
No respondas, mío, el deseo de unos dedos febriles a tu encuentro,
solo deja que ellos desplieguen en un susurro
la nuez cervical de tu espalda que mantiene erguido el pezón de mis senos
por la erupción continua del orgasmo de tus muslos sobre los míos.
Los dos somos el gemido de la madrugada
en el hendido y convexo de tus noches con mis días,
porque eres en instinto el deseo acuoso de mis yemas,
aunque solo en mi pensamiento vivas, y yo realmente no exista.

