El hada de los cielos

Esta noche el cielo solloza sobre la tierra, se lamenta desfogando su ira sobre el planeta, solo algunos como yo, detenemos a intuir la razón de su congoja.
Cuando estaba pequeña solía pedirle a mi padre que mudáramos de ciudad, que buscáramos alguna donde el cielo siempre fuese feliz, donde el sol no callara en lamentos. Yo se lo imploraba en mis insomnios a causa de los rayos que hacían temblar el vidrio de mis ventanas e intensificaban el sepulcral eco en la casa, que a su vez se sumergía en las tinieblas de la noche.
Mis amigas de la escuela afirmaban que en mi hogar solían vivir fantasmas y que por ello, no gustaban visitarme. No en ese edificio viejo sobre la colina perdida, entre los pantanos olvidados por la civilización. Esas noches, como esta, les otorgaba la razón.
Mi padre se sonreía con ternura e infinita paciencia ante mis temores. Si hubiese fantasmas en la casa, decía, deberías aprender a convivir con ellos. Aseguraba que más allá de cuidarme de posibles visiones, debería hacerlo de aquello que ingenuamente creía y podía hacerme daño.
Cómo combatir el miedo de un infante, cuando es producido por su imaginación. Cuando se puede recrear las ilusiones más fantásticas nunca antes concebidas por nadie.
Fue entonces que mi padre decidió combatirlo con una ilusión, una esperanza como la que se le cuenta a los niños sobre Papa Noel o el Conejo de Pascua.
Él, decidió hablarme sobre una hada que cantaba al cielo por las noches para apaciguar su dolor, ella recitaba los más bellos versos en la metáfora de su melódica voz, como la última rosa de verano al velar la noche cual bálsamo al cuerpo estrellado del espacio.
Solo podría auscultarla, si permitía que la magia me embargara aniquilando cualquier temor en mi pecho. Debía aprender a escuchar por encima del trueno, educar a mi oído para distinguir lo armónico como la luz sobre la penumbra del ruido.
Así pasaron varias noches de aquel sollozo que lograba erizar mi corazón, donde mis intentos parecían vanos al tratar de concentrarme para escuchar a aquella hada del cielo.
Fue un día que desesperada, salí de mi habitación a buscar a mi padre, fue curioso porque estaba temblando, pero la necesidad de su compañía fue mayor al miedo que podría sentir al vagar sola por la casa en medio de la tormenta y en la densa oscuridad. Fui valiente a consecuencia de mi temor.
Fue entonces que al caminar entre pasillos pude percatar una acotación vaga de una hermosa voz, comencé a buscarla en la oscuridad hasta hacerla más clara a mis sentidos. Me resultó de una cálida familiaridad, ya no llovía, ya no existía el ruido.
Esa noche, recuerdo, quedé dormida junto a la puerta, bajo llave, de la que provenía aquella melodía, sin embargo al despertar por la mañana me encontré en mi cama sin lluvia, sombras o miedo.
Hoy, sonrío ante noches como ésta, en mi silencio en medio de los truenos escucho aquella voz, es mi madre que interpreta los arpegios de mi fe. Donde todos tenemos derecho a llorar, porque es el llanto la forma de comunicar lo que nuestro corazón siente, sufrir para aprender a sonreír y saberse alegre para distinguir cuando se llora por felicidad.
Clavel Rojo
Alejandra P. Rodríguez Espinosa. Todos los derechos reservados.
Qué cálido son los hogares con padre y madre, no sé cómo pueden haber personas que afirman que los niños pueden vivir sin uno de ellos o ambos del mismo sexo. En fin, precioso relato en donde me trajiste la calidez del hogar. Un gran abrazo
ReplyDeleteSonrío, es muy amable por vuestro comentario, yo lo agradezco mucho.
ReplyDeleteSabe algo, a los 16 años afronté una realidad sin padre y más angustiante aún mi hermana pequeña, quien era 6 cuando vuestro padre falleció.
Solo podemos ahora inculcar el recuerdo de él en ella, con respeto y responsabilidad sobre su persona.
Sé que todos en casa no podremos suplir ese hueco, pero viviremos intentándolo hasta formar una persona de bien tratando de olvidar no poder ser una familia tradicional.
Un fuerte abrazo poeta, muchas gracias por leerme y mayor por comentarme.
Con aprecio
APRE