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18 May, 2010

El obús de un nombre
Yo solía preguntarme por qué la elección de mi nombre, por mi primero; Alejandra y curiosamente no por el segundo, el cual he olvidado.
Fue hasta un aniversario de nacimiento que recibí de mi abuelo una genuina biografía.

En memoria de Alejandra Fiódorovna Románova


I
Hubo un día perdido entre el asfalto de la noche
donde la mirada cedió al peso del polvo guardado en las ventanas
con las arrugas de una anciana que usa de bastón a la historia
sobre la mano porfiada bajo el yugo de la corona.

II
Cuánto valor es necesario para cantarle a los sordos su origen,
si en la nieve enterró sus ojos para quemarlos con hemofilia
en el abandono de si misma sobre el velero de una guerra,
enamorada del futuro que besó su frente y traicionó a sus labios.

III
Infame amanecer en que la luna abandonó su lecho
y permitió a la lluvia bañarse de sangre colmada de gloría,
seducida por el verso escrito por Rasputin en una fotografía,
que al velarla, se ahogó en las aguas del Río Nevá.

IV
“Alejandra”, gritó el torpedo antes de ser disparado
en el sombrío sótano de su abismal presagio.


Clavel Rojo
Alejandra P. Rodríguez Espinosa. Todos los derechos reservados.

18 April, 2010

El deseo de mi luna menguante

"El deseo intenso crea no sólo sus propias oportunidades sino además sus propios talentos." Eric Hoffer

A mi cello, fiel portador de mis secretos en madrugada


Déjame recostar sobre la balsa de tu cuerpo,
prometo mantener dispersos los acordes de mis labios
adormecidos en el asfixiante latido de tu luna menguante,
protegida entre tus brazos de plata y escarlata que embalsaman la pupila de mi piel.

Mira, que tan solo soy la sombra que se adhiere a la punta de tus alas
como la cera que cae sobre la madera de tu boca
en el infame deseo dibujado sobre el vaho de tu aliento
que con furia se adentra en la cavidad de mi entre pierna.

¿Acaso no es suficiente el deslice de un pensamiento para erizar el vello de la noche taciturna?

No respondas, mío, el deseo de unos dedos febriles a tu encuentro,
solo deja que ellos desplieguen en un susurro
la nuez cervical de tu espalda que mantiene erguido el pezón de mis senos
por la erupción continua del orgasmo de tus muslos sobre los míos.

Los dos somos el gemido de la madrugada
en el hendido y convexo de tus noches con mis días,
porque eres en instinto el deseo acuoso de mis yemas,
aunque solo en mi pensamiento vivas, y yo realmente no exista.

Clavel Rojo
Alejandra P. Rodríguez Espinosa. Todos los derechos reservados.