El calor abraza a la tierra en un aliento sofocante que irradia luz en la nieve de arena que danza con el velo del viento, como un remolino rebelde, fiel caballero de los secretos ocultos del desierto. Ahí, entre el polvo de agua seca caminan los muertos, bailan el compás del misterio de una era antigua que los vivos solo desciframos.

La vida y la muerte conviven en el aroma de la vieja heredad, donde los labios a los mortales saben a interrogante y aquellos caídos bajo el sueño de Osiris, dibujan respuestas sobre las olas de arenisca.
Aun recuerdo el sabor de mi expiración, aunque fuese solo una década que mis pasos se borraron a los ojos de Anubis. Éramos mi padre y yo, quienes agudizábamos los sentidos para percibir la magia de Isis, cobijados a la sombra del magnífico Keops. Donde las lágrimas se evaporan para ser lloradas por las nubes que bañan al Nilo.
Ella afirma, no importar cuantos libros sean leídos, todos ellos escritos por vivos no responden su pregunta, solo el tiempo, tan sabio como la rotación del planeta sobre su propio eje.
Hace poco me hablabas en un comentario de tu pasión por la civilización egipcia, que aquí queda patente. Me ha gustado la narración que haces, sobre todo al principio y al final. En tus descripciones no falta el oxímoron: "nieve de arena", "polvo de agua seca", etc. También me han gustado esos "océanos almidonados". El último párrafo, con la comparación entre el tiempo y la rotación de la Tierra, es magnífico.
ReplyDelete