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30 June, 2011

Mecánica cuántica










Cada sábado último de mes, solía sentarse sobre aquel sofá de un ahora azul deslavado. Tomaba el libro de mecánica cuántica en la espera de comprender, quizá un vector más del universo. Ese día fumaba un puro cubano y con él, una gran nube de moléculas flotaba, y yo con ellas jugaba.


A mi padre en el que sería su aniversario 57.


Cuando el sol se suspende sobre el polvo
y el silencio fallece en la percusión de mi corazón,
puedo distinguir su sombra de humo,
muta sobre mis pupilas, vive de mis recuerdos.

Las partículas se transforman en vectores,
con sus pasos en ideas y las ideas en sistemas.
Sobrevive en la mecánica cuántica de mi cerebro,
en la tuerca de mi memoria, sutil teoría.

Así permanece, suspendido en el aire,
como la molécula que construye mi autopoiésis
en el ensamble de mi estructura atómica,
la razón heurística de mi existencia.


Clavel Rojo
Alejandra P. Rodríguez Espinosa.Todos los derechos reservados.

29 January, 2011

Un pequeño espacio

Hoy he detenido el tiempo en el segundo preciso en que la noche y el día desaparecen, justo en el intervalo de una acotación entre arpegios, en ese diminuto espacio entre las moléculas que conforman mi propia existencia.

Y justo en ese momento mi ser como hija, hermana o humano se olvidan. Solo sobreviven mis pensamientos que flotan junto a las nubes blancas y tersas, en un espacio más allá, uno que mis ojos no logran tocar.

Es mi curiosidad que se dilata por ese infinito Universo, por lo que cobija a una verdad desconocida por el mundo. Esa verdad que conforma a la rutina de los seres vivos. ¿Quiénes somos? ¿Por qué somos? ¿Para quién somos? Suelo cuestionarme cuando algunos amaneceres me sorprenden removiendo entre el titilar de sus silencios alguna palabra que parezca divina.

Es el sol el guardián enigmático de un secreto, el centro de nuestra galaxia interior, la estrella que por si sola deslumbra a nuestros ojos para impedirnos ver el otro extremo de una realidad que parece nada. O en verdad que será un todo dibujado fuera de toda creación humana, un ignoto sueño para nosotros que tan solo somos pequeñas moles de energía.

Si, pequeñas e insignificantes moles, un grano de arena en un vasto desierto, un destello de alguna estrella muerta hace billones años luz, el escarpín de un recién nacido, un beso primero, la emoción de un “te quiero” y ¿por qué no? Una bala entre guerras, desnutrición de igualdad y hambre de poder. Quizá una razón por la que el Universo no comparta con nosotros sus arcanos, silenciando sus perpetuos misterios.

Por ello suelo cerrar mis ojos, evito llorar, tal vez por una oportunidad de algún día tocar un poco de esa verdad. Es entonces que vuelvo a ser hija, hermana y humano. Con mi madre, mis hermanos, mis abuelos. Ellos son mis arpegios, mi amoroso y diminuto espacio de vida frente a éste Universo y sus secretos.


Clavel Rojo
Alejandra P. Rodríguez Espinosa. Todos los derechos reservados.

02 February, 2010

Milagro


Es la muerte lo único que todos como seres humanos mantenemos seguro, no sabemos cual será el resultado o la respuesta a ella. Yo misma busqué esa respuesta, una que me costó un año de mi vida. Comprendí ante la ausencia que la vida se manifiesta en analogía a las notas de una melodía, donde el “milagro” no consiste en lograr eternizar la última nota de nuestro aliento, sino en el cierre de vuestra sinfonía donde el silencio eleva  una nueva composición conformada de los ecos de una vida pasada  aun latente en los vivos. Con ello hago la referencia a todo el cariño que dejamos sembrado en el corazón de los demás, formando sinfonías complementarias llenas de enseñanzas basadas en el amor.

Ese milagro que muchos hemos perseguido no es precisamente la cura mágica del ser amado, no es que la luz vuelva a sus ojos o que el ausente camine entre los vivos, ese milagro consiste en la esperanza de un reencuentro, incluso en la resignación. En aprender a vivir con el dolor de una pérdida. Afrontando nuestros miedos, angustias y frustraciones.

Al morir mi padre quise alargar su vida, no física pero si en pensamiento. Creí que aun me faltaba tanto por aprender de él que busqué cualquier cosa que me acercara un segundo más a su vida, entender su enseñanza, su corazón, su alma. Como si quisiera estirar una liga agotando todo aquello que necesitaba. Pedí una prórroga en la universidad, realicé unos trámites y me fui a América. Aún escucho a mi madre a mi partida, me dejó ir para conocer y aprender por mi misma que no todo siempre es sencillo, que se debe padecer para aprender a valorar.

En México, su país, aprendí de cada edificio donde podía ver reflejada su mirada. Fui a su universidad en busca del anuario. Localicé algunos de sus compañeros de escuela, sonrío, al entrevistarme con ellos fue como si me hablaran de alguien que acabara de tomar el tren y yo solo llegase unos segundos tarde a su encuentro. Al encuentro con su vida, con sus gustos; comiendo en los lugares donde solía hacerlo, caminando en las que fueron sus calles cotidianas, disfrutando de los escenarios que lo acompañaron muchos años de su vida.

Obtuve algunas fotografías aun en blanco y negro de él cuando era niño, conocí las tumbas de mis abuelos paternos. Sonrío, incluso pisé las aulas donde él tomó asignaturas. Era tan bello, me conformaba con solo eso, con perseguir lo que quedaba de él sobre la tierra, aquello que no conocía. Fue como leer la novela de su vida desconocida, donde cada descubrimiento se convirtió en un capítulo que me acercaba más a él. Podía verlo, escucharlo, olerlo. Recuerdos se forjaron en mi corazón, persiguiendo las vetas de su aliento.

Fueron 365 días de mi vida que dediqué a la búsqueda de un regalo, un milagro que me hiciera sentir su presencia. Lo logré, pero no en la concepción original. El dolor y la frustración me cegaron. Abandoné a mi familia, mi realidad, mi entorno para vivirlo a él, para respirar un instante de su vida. Dejé a mi madre y hermanos quienes sufrían como yo. Fui egoísta en buscar mi propia absolución olvidando el deseo de mi padre de manteneros siempre unidos entre nosotros en apoyo, en amor.

No me di cuenta que el milagro no consistía en buscar a mi padre más allá de sus antiguos amigos, estudios, fotografías, calles y recuerdos. Estaba en el lugar donde no consideré buscar, estaba en mi madre, en mis hermanos. Estaba en mi.

Clavel Rojo
©Alejandra P. Rodríguez Espinosa. Todos los derechos reservados