02 February, 2010

Milagro


Es la muerte lo único que todos como seres humanos mantenemos seguro, no sabemos cual será el resultado o la respuesta a ella. Yo misma busqué esa respuesta, una que me costó un año de mi vida. Comprendí ante la ausencia que la vida se manifiesta en analogía a las notas de una melodía, donde el “milagro” no consiste en lograr eternizar la última nota de nuestro aliento, sino en el cierre de vuestra sinfonía donde el silencio eleva  una nueva composición conformada de los ecos de una vida pasada  aun latente en los vivos. Con ello hago la referencia a todo el cariño que dejamos sembrado en el corazón de los demás, formando sinfonías complementarias llenas de enseñanzas basadas en el amor.

Ese milagro que muchos hemos perseguido no es precisamente la cura mágica del ser amado, no es que la luz vuelva a sus ojos o que el ausente camine entre los vivos, ese milagro consiste en la esperanza de un reencuentro, incluso en la resignación. En aprender a vivir con el dolor de una pérdida. Afrontando nuestros miedos, angustias y frustraciones.

Al morir mi padre quise alargar su vida, no física pero si en pensamiento. Creí que aun me faltaba tanto por aprender de él que busqué cualquier cosa que me acercara un segundo más a su vida, entender su enseñanza, su corazón, su alma. Como si quisiera estirar una liga agotando todo aquello que necesitaba. Pedí una prórroga en la universidad, realicé unos trámites y me fui a América. Aún escucho a mi madre a mi partida, me dejó ir para conocer y aprender por mi misma que no todo siempre es sencillo, que se debe padecer para aprender a valorar.

En México, su país, aprendí de cada edificio donde podía ver reflejada su mirada. Fui a su universidad en busca del anuario. Localicé algunos de sus compañeros de escuela, sonrío, al entrevistarme con ellos fue como si me hablaran de alguien que acabara de tomar el tren y yo solo llegase unos segundos tarde a su encuentro. Al encuentro con su vida, con sus gustos; comiendo en los lugares donde solía hacerlo, caminando en las que fueron sus calles cotidianas, disfrutando de los escenarios que lo acompañaron muchos años de su vida.

Obtuve algunas fotografías aun en blanco y negro de él cuando era niño, conocí las tumbas de mis abuelos paternos. Sonrío, incluso pisé las aulas donde él tomó asignaturas. Era tan bello, me conformaba con solo eso, con perseguir lo que quedaba de él sobre la tierra, aquello que no conocía. Fue como leer la novela de su vida desconocida, donde cada descubrimiento se convirtió en un capítulo que me acercaba más a él. Podía verlo, escucharlo, olerlo. Recuerdos se forjaron en mi corazón, persiguiendo las vetas de su aliento.

Fueron 365 días de mi vida que dediqué a la búsqueda de un regalo, un milagro que me hiciera sentir su presencia. Lo logré, pero no en la concepción original. El dolor y la frustración me cegaron. Abandoné a mi familia, mi realidad, mi entorno para vivirlo a él, para respirar un instante de su vida. Dejé a mi madre y hermanos quienes sufrían como yo. Fui egoísta en buscar mi propia absolución olvidando el deseo de mi padre de manteneros siempre unidos entre nosotros en apoyo, en amor.

No me di cuenta que el milagro no consistía en buscar a mi padre más allá de sus antiguos amigos, estudios, fotografías, calles y recuerdos. Estaba en el lugar donde no consideré buscar, estaba en mi madre, en mis hermanos. Estaba en mi.

Clavel Rojo
©Alejandra P. Rodríguez Espinosa. Todos los derechos reservados

4 comments:

  1. pues he de decirte que fuiste muy valiente Yoko, no todos seríamos capaces de ir a buscar lo que se sabe que ya no está, sigues con tu blogdiario, desnudándote en tus pensamientos, y sí tienes razón, los que se van no están en un lugar, están en nosotros y perduran por eso son inmortales porque les amamos, y dichoso de aquel que se sabe amado porque siempre habrá un corazón que lo guarde.

    Un beso

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  2. la búsqueda queda nítida y compartida... queda esa sensación de sentirse identificado aunque sea con un trocito de este escrito, de momento sigo meditando.

    un saludo

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  3. No concuerdo contigo cuando dices que fuiste egoísta. La vida a veces nos hace separar de nuestros seres queridos y se debe aceptar sus designios, pero también debes considerar tu propia esencia, lo que llevas adentro, lo que sientes, lo que amas y lo que anhelas. No estoy en condiciones de dar consejos, no soy quien además. Cada vida es una experiencia, cada ser es una vida distinta.Admiro (eso sí), el amor que demuestras hacia tu padre y hacia tu familia.

    Besos. Ruben.

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  4. Recuerdo un cuento de Nathaniel Hawthorne, de un hombre aventurero que se fue a buscar el amor y la fama a tierras lejanas, para al final, cuando sintió el desaliento y el fracaso, encontrarlo en su pueblo, en la niña que había crecido a su lado, compartiendo los juegos de la infancia.

    La verdaderas búsquedas siempre son interiores, y tu padre está dentro de ti. Si algún día tú no le encuentras, él te encontrará a ti.

    Un abrazo, Yoko.

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