Una antigua vereda

Caminando envuelta en gabardina y bufanda, con la neblina dificultando mi paso. Me preguntaba por el mañana reflejado en el sonido de mis pies sobre aquella vieja vereda que nace en mi casa, a las afueras de la ciudad. Uno de mis espacios favoritos por no ser transitada, la mayoría apetece el automóvil para trasladarse, yo prefiero caminar.
Tal vez fue utilizada para ser andada en secreto por reyes o quizá fue el camino en tierra de piratas, escenarios de lisonja entre príncipes y damas de la corte, o bien el trayecto de una campesina al río. Cuántas historias podría contarme, cuántas vivencias.
En ella hay tanta tranquilidad que se puede escuchar respirar a los árboles y a los búhos por la noche hacerle el amor a las estrellas.
A veces si se observa con cuidado uno verá duendes contando galeones de oro, para después enterrarlos bajo los árboles, mientras que las hadas se diseñan vestidos de hojas secas de otoño. Se bañan con el sol y de la lluvia hacen té.
Algunas de ellas se casan con centauros, que con sus largas cabelleras hacen madejas de hilo para tejer escaleras a las nubes y crear de su amor un nido.
Sonrío, en ocasiones toco el violín para ellos, me escuchan y a veces bailan. Los árboles entonan canciones que hacen eco a mis notas. Parece tan mágico que quisiera mudarme y vivir ahí por siempre. Mi pensión sería la música. Viviría de fantasías donde mi alimento fuese la solfa de mis dedos.
Extiendo mis brazos para ser abrazada por la humedad que se perfuma a pino. Cómo me gusta. En esos momentos puedo deslindarme de cualquier cosa, incluso de mis propios recuerdos. No porque dejen de ser importantes, es solo la magia de aquel lugar, solo eso.
A mis pasos la imaginación se esfuma, llegando a los brazos de mi fraterno “Royal Lyceum” ya en la ciudad, quien me acomoda en mi realidad desde mi deslice por Cambridge.
- ¿Dónde has estado Alejandra?- me pregunta el dueño de la batuta quien aclimata a mi diapasón, señalando mi sitio a su lado en la orquesta.
Aquella noche el auditorio entre percusiones se perfumaba a pino con humedad de bosque en los oídos, cuando en los asientos brotaban helechos con olor a verde que susurraban secretos mientras que, los receptores, tejían con sus sentidos escaleras hacia las nubes.
Alejandra P. Rodríguez Espinosa. Todos los derechos reservados.