Un momento en el tiempo y espacio
Hay días, cuando el agua escasea y los amaneceres se opacan, que llamo a mi soledad por su nombre. No es que sea una conocida reciente, más bien desde niña aprendí a jugar con ella. Siempre solitaria, el silencio me ayuda, me acompaña.
No he sido de muchos amigos, me temo que suelo distanciar a las personas. No con intensión, quizá mi amiga soledad termina por ahuyentarlos. Diría mi hermano; “siempre oculta en las mazmorras de un sueño” para él, una vida desperdiciada, la mía.
Siempre en casa, fúnebre hogar en la eterna espera por el fantasma de mi padre, quizá vagabundo por el jardín o vuelto por uno de sus viejos puros cubanos. Así suceden los minutos en horas, los días de música que asegure su retorno a casa. El prometió, me lo prometió.
Momentos así, cuando busco en el paño de la ventana un rostro. Las lágrimas perforan el eco de la tristeza, de apariencia joven y añeja de corazón, tanto como los árboles que ocultan mi casa en el bosque y las leyendas que en él se susurran.
Hoy mi familia ha huido de todo ello, su historia, sus memorias. Han emprendido el viaje más allá de la neblina que engalana a la alborada. Y yo, que siempre vuelvo sobre mis pasos, al lago que besa las rocas donde Nessie reposa, al viento de Gaita, olor a pino y al árbol, -mi árbol-, donde mi padre yace dormido.
Cuando se pregunte quién soy, quién fue él. Qué es la soledad. Os aseguro, es sólo un momento en el tiempo y espacio. Un clavel rojo.
Clavel Rojo
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